No aceptamos financiamiento que pueda comprometer nuestra libertad de crítica. Tampoco promocionamos productos financieros a cambio de comisiones ocultas, ni cerramos notas con la conclusión que un anunciante prefirió leer. Esa es una decisión estructural, no una opción de marketing: la autonomía editorial es lo que da sentido al resto del proyecto.
Esa libertad nos permite analizar con la misma rigurosidad las medidas de un gobierno y las del siguiente — sin necesidad de cambiar de tono cuando cambia el signo político. El foco no está en quién gobierna, sino en cómo cada decisión afecta el bienestar económico del lector que nos lee desde su casa, su comercio o suPYME.
Cuando el país desafía la lógica financiera convencional — con restricciones cambiarias, cepos, devaluaciones abruptas y reglas que cambian de una semana a otra — la única postura útil es la que se sostiene aunque incomode a todos los bandos. Esa postura exige independencia material, no solo discursiva.